Día 2: Amistad, Redes y Descanso


Dormí todo lo que pude. Necesitaba recuperar energías. La noche había sido larga. Mi cuerpo necesitaba recuperarse de aquella primera experiencia convulsiva. No tenía que pensar. No tenía que esforzarme. Necesitaba parar.

A veces despertaba pensando que tenía que ir a trabajar, que había dejado tareas pendientes, que estaba a cargo de un área vital en la empresa, pero gracias a Dios luego recordaba que Carla había hablado con mi jefe y mis compañeros para informarles de mi situación. Todos habían entendido y habían mandado su cariño y palabras de ánimo para la familia. Doy gracias a Dios por ellos. Tenía que olvidar el trabajo en ese momento y tenía que descansar. Volvía a dormir.

A veces despertaba pensando que tenía que ayudar con los niños en casa o llevarlos a la escuela, pero recordaba que no habían ido y que estaban cuidados por mi querida esposa. En ese momento tenía que detenerme y olvidarme de mis niños, para poder descansar. Confiar en que estaban bien. Tenía que descansar. Volvía a dormir.

En ocasiones despertaba preocupado por la necesidad de ver al doctor, de conseguir un neurólogo para que nos explicara qué había sucedido. Pero luego recordaba que Carlita y amigos nuestros estaban viendo la posibilidad de conseguir una hora pronto. Tenía que confiar. Tenía que cerrar los ojos y dormir. Tenía que descansar.

La única vez que me gustó despertar fue cuando lo hice y Carla estaba ahí conmigo. Cada cierto tiempo iba a ver mi estado, pero esa vez, luego de ya dormir mucho, desperté al sentirla cerca. Se sentó en la cama a mi lado y luego de conversar un rato sobre como estaba todo en casa y sobre como me sentía ella se puso a llorar. Se recostó a mi lado y la abracé. Le di mil gracias por todo lo que estaba haciendo y le animé a esperar ver que estaba pasando con un neurólogo. Estuvimos acostados un buen tiempo. Fue bueno. Yo pude descansar junto a ella y ella pudo sentir mi abrazo. Ambos lo necesitábamos.

Luego de un rato le llegaron mensajes informándole que ya tenía hora con dos neurólogos. Uno particular y uno público. El particular era para el siguiente día y el público para varios días más. Gracias doy a Dios por nuestros amigos y familiares que nos ayudaron a conseguir esas horas médicas. Lamentablemente en nuestro Chile y en muchos países latinoamericanos es difícil conseguir atención médica si no se tiene los medios económicos suficientes y si es una situación inesperada, normalmente no se tendrán estos medios. Es en esos momentos en que las redes de apoyo se vuelven vitales: familia, amigos, iglesia, vecinos. 

Más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quien lo levante!
(Eclesiastés 4:9-10)

En mi caso, en esa primera convulsión aparecieron todos y tantos que no puedo nombrar a cada uno, y hasta aparecieron personas que yo ni siquiera me imaginé que estaría conmigo en esa parte del proceso. 


La primera que estuvo ahí y siempre ha estado es mi amada esposa, a quien no puedo más que alabar por tanto que ha hecho por mí y por nuestros hijos. Pero cuando todo pasó, la primera persona que apoyo a mi esposa fue una vecina, con quien nos veíamos todos los días y nos conocíamos desde pequeños. Para poner en contexto, en muchas partes de Chile hay casas que son pareadas o adosadas, y lo que las caracterizan es que comparten paredes. Ella escuchó que estábamos en problemas. Que algo me había pasado y ayudó a Carla a estar más tranquila. Gracias a Dios por esa vecina amable y con quien, sin tener una relación tan cercana, pudimos contar en ese momento de urgencia. Amigos que me leen, por favor conozcamos a nuestros vecinos y seamos de ayuda para quienes lo necesiten.

Luego Carla llamó a mi madre para pedir consejo, quien habló con una hermana de la iglesia  que vivía cerca de nosotros para que nos pudiera ir a apoyar, por si tenía que irme al hospital con Carla, nuestros hijos no quedaran solos. Ella llegó rápidamente, todo esto en medio de la noche, y pudo acompañarnos mientras llegaba la ambulancia a buscarme. Gracias doy a Dios nuevamente por ella y su esposo, que nos mostraron de manera tan práctica el amor que Dios nos ha dado. Que Dios nos permita tener relaciones cercanas con nuestros hermanos y hermanas de nuestras iglesias, personas a quienes podamos mostrar de manera práctica el amor que Dios nos dio.

Gracias a Dios por mi madre y padre, quienes a distancia estaban monitoreando todo y dando palabras de ánimo a mi esposa, quien de manera natural estaba con temor. Doy gracias a Dios por la relación de mi esposa con mis padres. Siempre he dicho, de manera irónica y real, que Carlita y mi madre son como los personajes bíblicos Rut y Noemí y se tienen un amor que va más allá de los lazos sanguíneos. Doy gracias a Dios por ello y pido a Dios por qué cada uno de ustedes, amigos míos, puedan tener esta bendición. El saber que mi esposa puede confiar en sus suegros y pedir su ayuda  y consejo sin vergüenza, sabiendo que será recibida con amor, siempre me ha permitido descansar. Pero esta relación hay que trabajarla y cuidarla y eso no es siempre fácil. Que Dios nos ayude a mostrar amor a la familia de nuestras parejas y a las parejas de nuestros hijos. Que podamos ser personas de confianza para ellos.

Luego mis familiares y mis hermanos en la fe, a quienes considero familia, estuvieron conmigo en todo lo que pudieron, orando por mí, mandando palabras de ánimo, ayudándonos a conseguir apoyo médico y entregándonos recomendaciones. Gracias a Dios por cada uno de ellos. Que Dios nos ayude a ser de apoyo a cada uno que lo necesita.

Y ya casi llegando al final, y no por ello siendo menos importante, mis compañeros de trabajo fueron muy comprensivos. En mi trabajo me dieron el día libre y luego, cuando el neurólogo me dio licencia, cubrieron mis labores con toda amabilidad, además de cubrirlas cada vez que necesitaba salir para tomarme un examen o para una revisión con el doctor de turno. Además de eso, en el día a día de trabajo, siempre me mostraron su apoyo y comprensión. Gracias doy a Dios por ellos y por los compañeros que tengo hoy, quienes, siendo ya de otra empresa y conociéndonos por menos tiempo, siempre han mostrado consideración ante mi estado de salud, haciendo adaptaciones en la forma de trabajar para mi beneficio. Gracias a Dios doy por ellos.  Si mis compañeros no hubiesen sido así conmigo, mi experiencia con la epilepsia hubiese sido muy distinta y sé que no todos cuentan con esta bendición. Que Dios nos ayude a ser buenos compañeros de trabajo o de curso. Buenos prójimos.

Y al final de esta lista, quiero dejar a mis queridos hijos, quienes sin entender completamente lo que he estado pasando, han aprendido a cuidar a su padre, quien necesita su apoyo muchas veces. Su amor me ha fortalecido y me ha animado cuando ya no me quedan fuerzas. Lo que me parece más sorprendente de ellos, es que no son conscientes de que un abrazo, una invitación a jugar o un llamado para mostrarme algo que les interesa, puede ser para mí una fuente de energía y de descanso; sin embargo, cada día siguen siendo usados por Dios para fortalecerme con su amor. 


Lo he repetido muchas veces ya, pero lo diré una vez más: Gracias doy a Dios por cada uno de aquellos que me ha apoyado en este proceso. No puedo nombrar a cada uno, como dice Marcos Vidal en su canción "Mi Regalo", pero cada uno ha sido parte de mis fuerzas. 

Mis preocupaciones y llamados a la acción de hoy son los siguientes: ¿Estoy siendo de apoyo para aquellos que lo necesitan, siendo parte de sus redes de apoyo? Y ¿Soy consciente de las redes de apoyo que Dios me ha dado? Si la respuesta a cualquiera de estas preguntas es NO, le invito a detenerse unos segundos y quizás releer lo que escribí. Usted quizás no sabe de cuanta bendición puede ser para otros y/o quizás no sabe lo bendecido que es. No sea como yo y espere a tener una crisis epiléptica para hacerse consciente.

Termino recordando que no todos tienen la bendición de contar con redes de apoyo. Por diversas circunstancias, algunas de ellas muy traumáticas, personas pierden la conexión con todos aquellos a quienes conocían o en quienes podían confiar. Animo a cada uno de los que están leyendo a no juzgar a quienes no cuentan con redes de apoyo y si es posible, tú puedas comenzar a ser parte de sus redes de apoyo, aunque sea a distancia, te invito a hacerlo. Por otra parte, si te sientes solo o sola y no sabes que hacer, puedes comunicarte con nosotros, y haremos lo que esté en nuestras manos para poder apoyarte. Te mando un abrazo desde Coquimbo. Un abrazo respetuoso sensorialmente. Un abrazo simbólico y cariñoso. Un abrazo virtual. Un abrazo real.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Día 1: Confusión y Confianza

3 años desde mi primera crisis convulsiva